Buscaban un trabajo y cayeron en una trampa de explotación sexual

Por primera vez en la historia se permitió a periodistas presenciar las declaraciones de testigos víctimas de esclavitud sexual en Cámara Gesell. Sus testimonios permitieron condenar a un matrimonio de explotadores y conocer, de manera íntima, el horror de convertirse en mercadería de placer.

Alicia eligió las dos prendas nuevas que tenía, una remera y un short, las dobló y las metió, seguramente, en una bolsa. Tenía 16 años y, días atrás, había publicado en la plataforma OLX que buscaba trabajo, cuidando chicos o como empleada doméstica. Parecía que había tenido suerte, le habían contestado. Ese día, habrá pensado ella, su suerte iba a cambiar. Y era verdad. Ella no lo podía prever, pero a la noche, cuando vuelva a su casa, ya iba a estar atrapada en una red de trata de personas con fines de esclavitud sexual.

Su verdadero nombre no es Alicia, por supuesto y en este artículo, el lector no encontrará un solo dato que le permita averiguar su identidad. Pero sí, en su propio relato, descubrirá el submundo de la llamada “trata blanda”, la metodología más común en estos tiempos para la explotación sexual de las mujeres. Porque el sistema del secuestro y el encierro físico, las torturas y la intoxicación de las mujeres (trata dura) ha ido dejando paso a uno mucho más lucrativo, más aséptico y difícil de probar: el de la extorsión. Y este es el caso de Alicia.

El hombre que la contactó era Walter Ayala. Le dijo, por teléfono, que trabajaba para una “campaña” aparentemente de fotos y que le pagaría entre $ 300 y $ 500 por tomar imágenes de ella. Pintaba algo bastante seguro, porque el hombre la pasó a buscar de su casa -su familia lo conoció entonces, vio con quién se iba- y porque la sesión iba a ser en el Parque 9 de Julio, a la vista de todos. Entonces, Alicia puso la remera nueva y el short en una bolsa y se fue con él. No la pasaron mal en el parque, las fotos eran inocentes, acordes a la edad de la modelo. Le pedía que sonría, que sonría todo el tiempo y Walter era un tipo encantador, así que ella sonreía. Pero no lo suficiente, dijo él, por su actitud ella daba para otro tipo de fotos. Le dijo que harían algo más “serio” y la llevó a un lugar que dijo que era el departamento de un amigo. Allí, la fue convenciendo de hacer fotos más “privadas” y de que se fuera quedando en ropa interior. Alicia fue notando cómo la actitud de Walter iba cambiando, cómo la miraba de otra forma. En un momento, la convenció de que se ponga “en cuatro” y le tomó fotos, siempre mostrando su cara. Entonces, le apoyó el miembro contra su cuerpo y le propuso tener relaciones sexuales.

El nombre de Walter Ayala sí es real. Captó, mediante engaños o extorsiones a al menos cinco mujeres y las obligó a que sirvan en sus prostíbulos. Ganó mucha plata mientras duró y no lo ocultó nunca a las chicas. Les contaba cómo, gracias a ellas, iba cambiando todos los años el auto, cómo iba terminando de construir su casa. Decimos que son al menos cinco las mujeres porque son los casos que se presentaron en el juicio. Y decimos su nombre por dos motivos: uno, porque es información pública; dos, porque él no quiere que lo digamos.

Alicia se negó a tener sexo con Ayala, a quien acababa de conocer. Ese fue el momento clave, en que comenzó la extorsión que la mantendría a su merced durante los tres años siguientes. Ayala le dijo que ahora él tenía fotos privadas de ella y que se las mostraría a su familia -su familia, Alicia caía ahora en la cuenta de por qué él fue a su casa y conoció a sus familiares- y que las publicaría en Facebook. El tira y afloja siguió hasta que ella accedió a practicarle sexo oral. Lo hizo llorando. Tenía 16 años.

Se vistió y se subió al auto. Mientras él la llevaba de vuelta a su casa, llamó a su esposa, Alejandra Beatriz Galván y la puso en el altavoz. La mujer le preguntó por el alto-parlante a Alicia si quería trabajar de escort, pero ella no sabía qué significaba esa palabra y, como no quería saber nada de nada, le dijo que no. Entonces, él volvió a recordarle lo de las fotos y le explicó que todo se trataba de “atender” clientes, que los pases de media hora se cobraban $ 300 y los de una hora, $ 500 y que la mitad de la plata se la llevaba ella. Que el departamento donde habían estado no era de un amigo sino el sitio donde se ofrecían esos servicios. Ella le dijo que no y se bajó en su casa.

Al día siguiente él volvió a llamarla. El trato oscilaba siempre entre la adulación, el paternalismo y la extorsión. Le ofreció ocuparse de los teléfonos del prostíbulo, sin atender clientes y ella lo pensó. Tenía un hijo, había dejado la escuela y su mamá era el único sostén de su casa. Necesitaba la plata y la iba a ganar sin que nadie más le toque un pelo. Aceptó. No pasó mucho tiempo oficiando de recepcionista: las presiones para hacer pases aumentaron y ella terminó accediendo. Era eso o afrontar la publicación de las fotos en las redes sociales, que su madre se entere de lo que estaba haciendo. Se le venía abajo la vida.

Alicia, cuyo verdadero nombre es un misterio, relató esto ante una psicóloga en Cámara Gesell. Fue la primera vez en la historia de la provincia de Tucumán en que la prensa pudo presenciar una declaración de este tipo, no sin antes recibir un sinfín de advertencias sobre el tratamiento periodístico de las declaraciones de testigos víctima. Ella se sentó de frente a una psicóloga y declaró ante ella, de espaldas a la cámara que transmitía en vivo a otra sala, donde estaban los jueces del Tribunal Oral Federal, personal de la Sala y los dos periodistas que no pudieron grabar ni tomar fotos del evento, pero sí levantar apuntes.

Hace no muchos años, las testigos víctima de explotación sexual declaraban de manera diferente. Entraban a la sala de juicio y se enfrentaban, cara a cara, con los imputados. Con los mismos que las habían torturado, aislado y violado. Eran, paradójicamente, los mismos que en ocasiones las habían consolado, les habían prestado plata, las habían tratado de manera paternal. Una suerte de padre perverso que con una mano hiere y con la otra cura, siempre con el fin de mantenerlas como una máquina eficiente de generar placer y mucha, mucha plata. Entonces, cuando una víctima entraba al tribunal y los veía, las imágenes que habían tratado de superar se volvían vívidas nuevamente. Sentían el terror de haber intentado escapar muchas veces y haber vuelto a caer, el pánico de que esas personas conocían sus casas y sus familias. Los desmayos, durante sus declaraciones, eran frecuentes.

La declaración de Alicia fue una de las cinco que se vieron y escucharon en el juicio contra Ayala, su pareja, Alejandra Galván, y una tercera mujer acusada de ser partícipe necesaria pero que resultó absuelta por el principio de la duda. En todos los casos, la metodología de captación era similar: la propuesta, mediante engaños y extorsión, de “trabajar” en un negocio que, prometían, les resultaría lucrativo a ambas partes. Pero todas, todas tenían antes que mostrarle a Walter cómo era su “servicio”. Es decir, aceptar que Walter se las cogiera.

La testigo número 2 entró en la red porque le dijeron que el servicio era de compañía: acompañar a un señor un evento o en cualquier situación y decidir, con libertad, si tenía ganas de acostarse con él. Pero la cuestión resultó totalmente distinta. Las chicas esperaban en el prostíbulo, tomaban tres, cuatro o hasta diez pases por turno, ingresaban con el cliente, le informaban el precio, le cobraban, salían y le entregaban a la organizadora el dinero y les decía cuanto tiempo habían pagado. Terminado el turno (“aunque el cliente no haya eyaculado”, aclara otra testigo), le golpeaban la puerta para que el hombre no disfrutara de un minuto más sin pagar. Al final del día, se les daba a cada chica la mitad de lo recaudado y “la casa” se quedaba con la otra mitad.

Al principio los dueños del lugar aportaban las servilletas, los preservativos, los jabones, la lavandina y una persona limpiaba el lugar. Lo de los condones es una cuestión aparte, porque al menos dos de ellas dijeron que provenían del Sistema Provincial de Salud (Siprosa), que Walter se vanagloriaba de conocer a alguien ahí que se los daba. Después, comenzaron a faltar y cada una tuvo que comprarse los suyos. También se acabó el papel y la limpieza, se turnaban para baldear o juntaban plata y le pagaban a la recepcionista para que lo haga. También se pagaban el agua, lo que bebían y lo que comían.

Todas dijeron haberse querido ir o haber directamente abandonado el “trabajo” en algún momento. Pero estaba el tema de las fotos. La amenaza de publicarlas en Facebook, de sentarse con la mamá y el papá a contarles que su hija era una prostituta, que mire las fotos que se saca. Que se enteren en el barrio, en la escuela del nene, las maestras, el padre del bebé, que nunca más nadie las tome en serio para formar pareja, tan chiquita y tan puta. Entonces, volvían. Y volvían a querer irse y ahí aparecía la violencia, los gritos, los empujones, las amenazas. No había forma de zafar.

No está permitido -y no debe hacerse- publicar sus declaraciones de manera textual. Es un compromiso periodístico evitar que, de cualquier manera (hasta por la forma de hablar) alguien pudiera identificarlas. Por eso, se atoran en la memoria las voces que uno ha escuchado y que no puede escribir, las palabras sencillas con las que se describe el infierno. La ética impone transcribir no más de algunas frases sueltas. Estas son algunas de las que se escucharon en el juicio:

“A nadie le gusta tener que acostarse con personas que ni conocés, personas que vienen borrachas, con olor, transpirado. A nadie le gusta”. “Cuando estaba con algún cliente yo le pedía que me ayude a conseguir algún trabajo, que ellos me ayuden a mí”. “Es una desilusión muy grande (para mi mamá), yo le dicho que no tenía otra visión, que no iba a poder lograr todo lo que había soñado en mi vida, terminar la escuela”. “Él (por Ayala) ese día me ha tirado con la silla y yo me puse a llorar y a juntar mis cosas, porque yo me quería ir (…) me dice ‘por qué te vas’ dice, ‘no te olvides’ me decía ‘que yo tengo tus fotos, y las fotos no sé si de las páginas’ o no sé. ‘No te olvides que yo tengo tus fotos, que yo sé dónde vivís’”

A veces, no alcanzan las palabras para repetir lo que otro ha vivido.

Los prostíbulos, en total, fueron cuatro: en Ayacucho al 900, Corrientes al 1.800, en la calle Las Heras y en 12 de octubre al 800. Por allí pasaron mucho más de cinco mujeres, todas en situación de vulnerabilidad económica o familiar, algunas menores de edad y otras embarazadas. También, según el testimonio de una de ellas, desfilaron en el rol de clientes algunos jueces, políticos, fiscales y funcionarios públicos, además de policías para “revisar si había droga”.

La investigación a cargo de la Policía de la Provincia ya había comenzado, pero avanzaba lento cuando ingresó un llamado a la línea telefónica 145, de asistencia y denuncias por trata de personas. Allí, habían advertido que Ayala y su esposa captaban mujeres para luego ofrecerlas como mercancía sexual. La Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) se hizo cargo de la investigación y, ocho meses después, en marzo de 2017, allanó el local de calle 12 de Octubre. La fiscalía a cargo de Pablo Camuña terminó de reunir las pruebas y, en octubre de 2018, pidió que la causa se eleve a juicio oral con Ayala y su esposa, Alejandra Galván como imputados, además de una tercera mujer que resultó absuelta.

Galván entonces interpuso un recurso para que su nombre no trascendiera a la prensa. El juez Daniel Bejas atendió su pedido y recomendó al fiscal Camuña que no dé a conocer las identidades de los imputados. Camuña le respondió que “los dictámenes de los fiscales son actos de gobierno que no pueden ser secretos, que son asuntos que están sujetos al escrutinio de la ciudadanía” y que “la regla es el principio de publicidad o de máxima divulgación de los actos de gobierno”. El juicio comenzó el 1 de agosto y, en la tercera audiencia, los imputados volvieron sobre el mismo tema: pidieron que sus nombres no sean divulgados. Esta vez, nadie hizo lugar al pedido, con el proceso oral y público ya en marcha y con la premisa que adoptó el TOF de que el juicio sea abierto y transparente a la comunidad.

Ayala reconoció ser dueño de los prostíbulos, pero aseguró que no estuvo “bien informado sobre cosas que no debía hacer”. “No creí que tenía tanta magnitud alquilar un departamento y darle facilidad de trabajo a mi esposa”, dijo en sus últimas palabras ante el Tribunal. También admitió la existencia de las fotos íntimas de las mujeres, pero aseguró que ya las borró y que el disco rígido que escondió sólo tiene imágenes familiares. Finalmente, no se privó de opinar sobre las declaraciones de las testigos víctimas. “Yo sé cómo es la vida de las chicas afuera, ninguna ha sido rescatada ni salvada por ninguna fundación. Las chicas siguen trabajando hoy, doctor. Y a mí no me interesa la vida que hagan, porque lo han hecho antes y lo van a seguir haciendo, porque es lo que saben hacer, es el trabajo de ellas. Es con lo que ganan plata”, lanzó

Ayala fue condenado a 12 años de prisión por ser autor responsable del delito de trata de personas con fines de explotación sexual, agravados por la vulnerabilidad de las víctimas, porque fueron más de tres, porque una estaba embarazada y era menor de 18 años, además de que la explotación se consumó. Su esposa, Alejandra Galván, recibió una pena de 5 años como partícipe secundaria del mismo delito. Ambos, que habían llegado privados de la libertad al juicio, continúan tras las rejas.

El tribunal que firmó la sentencia está compuesto por Gabriel Eduardo Casas (Presidente), Abelardo Jorge Basbus y Carlos Enrique Jiménez Montilla. Además de Camuña, acusaron Daniel Weisemberg por la Procuraduría de Trata y la Explotación de Personas (Proteo) y la Fundación María de los Ángeles ejerció la querella, a través de la abogada Betina Laguna.

¿Qué fue de la vida de Alicia? Logró salir del circuito de la prostitución y su familia nunca se enteró por lo que tuvo que pasar. La testigo número 2 también y, aunque no consigue trabajo, dice que sueña con estudiar organización de eventos o computación. Todas las mujeres que se sentaron a dar testimonio de lo que habían vivido hablaron del miedo, no sólo del pasado, sino del presente, porque después del allanamiento, ya con los explotadores tras las rejas, siguieron recibiendo mensajes y amenazas. Durante sus declaraciones pidieron medidas de protección para ellas y sus familias.

“Mi mamá está conmigo todas las noches porque yo no puedo dormir, no duermo”, contó una de las víctimas. “Si yo fuera por mí, yo me iría lejos, pero tengo a mi familia”, dijo otra, mientras pedía protección. “Él conoce donde vivimos, conoce a todas las familias”. “Tengo miedo de la calle, no quiero salir, estoy todo el día encerrada en la casa”. “Tengo que estar escondiéndome porque él conoce dónde vivimos todas”. “Tengo miedo de que a mi familia le pase algo por mi culpa”. “Quiero empezar otra nueva vida y borrar todo esto”, son algunas de las palabras que las víctimas dijeron en el juicio.

Para Ayala y Galván comienza el tiempo de pagar sus culpas. Para las víctimas, el tiempo de recuperar la vida, reencontrar la libertad y deshacerse del infierno. Y también de cruzar los dedos, porque el disco rígido con las fotos que las mantuvieron como mercancía sexual durante años nunca apareció.

Por Mariana Romero – Periodista
Actualmente cubre Policiales

Fuente: detonadosweb.com

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